El calor hace que los componentes mecánicos se resientan en su estructura y rendimiento, incrementándose el número de averías, situación que se ve agravada por el envejecimiento del parque y por la falta de mantenimiento. Es por ello que se hace indispensable pasar por el taller antes de emprender las vacaciones de verano para asegurar la máxima seguridad en la carretera. Desde la iniciativa Elige calidad, elige confianza (ECEC) han enumerado una serie de elementos del vehículo a los que se deberá prestar especial atención para hacer la puesta a punto:

1. Aire acondicionado. Las altas temperaturas favorecen el cansancio y la falta de atención al volante, por eso es primordial que el sistema de climatización funcione perfectamente. Además, tras los meses de invierno, en los que el aire acondicionado no se suele activar, es posible que al principio presente problemas.

2. Filtro de habitáculo. Sustituir el filtro de habitáculo, ya que es probable que esté obstruido por la humedad del invierno y el polvo y el polen de la primavera. El aire que pasa a través del filtro sirve también para refrigerar el motor del ventilador del habitáculo. Si el filtro está obstruido, necesitará forzar más la entrada de aire del exterior, se incrementará la velocidad en el ventilador y se requerirá un mayor consumo para refrigerar el habitáculo. Finalmente, se puede dañar el motor de ventilación por sobrecalentamiento. Un filtro sucio pude provocar, además, malos olores y el empañamiento de los cristales.

3. Neumáticos. Es el elemento del coche que está en contacto con la calzada e influye, por tanto, en la adherencia y capacidad de frenada. En verano se incrementan los pinchazos y reventones debido a las altas temperaturas y el rozamiento con el asfalto. Es necesario comprobar que los neumáticos tienen la presión correcta y que el dibujo supera los 1,6 mm. como mínimo para evitar estos imprevistos. Además, la presión incorrecta influye en el consumo de combustible.

4. Niveles de líquidos:

  • Aceite: debe renovarse cada 10.000 km.
  • Líquido de frenos: su composición hace que absorba mucha agua, algo que, con el tiempo, le hace bajar su rendimiento. Por eso es necesario reemplazarlo cada dos años, o incluso antes, para evitar que hierva y poner en peligro la seguridad de los ocupantes del vehículo.
  • Gas refrigerante: la pérdida natural del gas refrigerante puede hacer que se pierda potencia de refrigeración y poner en peligro el correcto funcionamiento del compresor, que puede sufrir daños graves debido al sobreesfuerzo.
  • Líquido limpiaparabrisas: comprobar también el nivel del líquido limpiaparabrisas para asegurar la máxima visibilidad en cualquier circunstancia.

5. Correa de distribución. Es un componente clave en el funcionamiento del motor y si se encuentra en mal estado puede averiar múltiples piezas. Además, puede producir fallos en la combustión y aumentar el consumo de combustible hasta un 20%.

6. Frenos. Este sistema es uno de los que más sufren con el calor, ya que las pastillas actúan por fricción y se someten a temperaturas muy elevadas. Tanto es así, que los discos pueden llegar a combarse por el alto componente calorífico generado por la presión y el rozamiento de las pastillas o la temperatura exterior, afectando a la calidad de la frenada.

7. Amortiguadores. Son uno de los elementos de suspensión del vehículo más importantes y su degradación produce una disminución de la estabilidad del coche. Deben cambiarse cada cuatro años o tras 50.000 ó 60.000 km.

8. Batería. Durante todo el año, la batería es uno de los componentes que más suele fallar por estar completamente descargada. Antes de los viajes, comprobar el nivel de carga.