Permítanme que, como humilde escribidor de gastronomía durante tantos años, dedique esta columna a Lhardy, secular casa de comida, muchísimo más que un restaurante. Ahí está su pantagruélico y sensacional cocido, su auténtico foie gras alsaciano, sus platos de caza, siempre tan difíciles de componer o los pescados fresquísimos manipulados con la ponderada sabiduría y el respeto que sólo dan los años. Y qué decir del souflé, que brilla en la carta con luz propia.

Como en Zalacaín, hay lugares en los que el placer de la gastronomía- el único saber inocente, según Vázquez Montalbán- no puede separarse de las personas que congrega alrededor de sus impolutos y níveos manteles. No hay persona que haya significado alguna cosa en nuestro país que no se haya sentado en Lhardy a comer y a conversar de asuntos más o menos importantes, porque lo frívolo también tiene su peso en lo que a historia se refiere.

Lhardy no puede desaparecer en este siglo en el que vemos que todo se desmorona, en el que todo cae bajo la piqueta de la ordinariez y la banalidad. Vivimos en la época de la croqueta de mijo, la alimentación catabólica, el falso ascetismo, la revolución de tercera regional y la ausencia de tertulias porque, en el fondo, nadie tiene nada que decir. Una pena si asistiéramos a la muerte de este gigante de la restauración y la convivencia por ese preconcurso de acreedores que el célebre restaurante ha presentado. Qué disgusto que se llevarían mis admirados maestros Cunqueiro, Camba, Pla o Luján.

Dedicado a mi amigo Raúl del Hoyo, al que ya no podré pagar las cervezas que le adeudo. Descanse en paz.