"Uno de los componentes críticos es el inyector", explica David Kaiser, director de Investigación y Desarrollo en Liqui Moly. Los inyectores rocían el combustible en la cámara de combustión en forma de fina niebla. "Si se forman incrustaciones en los minúsculos orificios de los inyectores, el combustible no se puede rociar de esa manera, lo que provoca que la combustión no sea tan perfecta”.

La consecuencia es que la potencia del motor disminuye, el consumo aumenta y los valores de las emisiones de gases empeoran. Como se trata de un proceso lento y progresivo, el conductor no nota nada.

A esto se le añade, según el especialista alemán, que los inyectores son unos componentes sensibles de gran precisión, que soportan presiones de varios miles de bares y que ejecutan más de cien rociados por segundo, dosificados con gran precisión. Los restos de combustión los atascan y evitan que puedan realizar su función. Un inyector no es barato y su montaje debe quedar en manos de un taller, con lo que todo se encarece todavía más.

La sustancia activa del Aditivo Super Diésel de Liqui Moly (una lata cada 2.000 kilómetros en el depósito del vehículo) disuelve las incrustaciones de los inyectores y con ello mejora el patrón de atomización. Según David Kaiser, “el motor recupera así sus valores originales, tanto en potencia como en consumo, y se evitan costosas reparaciones”.

Además de limpiar, mejora el índice de cetano y la capacidad de ignición, pero también protege todo el sistema de combustible de la corrosión y el desgaste. El producto también protege al motor cuando la calidad del combustible no es tan buena.