Toyota anunció recientemente el fin de la producción de automóviles en su planta australiana para 2017, justificando su decisión en los altos costes de fabricación en el país y en las bajas economías de escala que éste ofrece.

El cese de la firma japonesa confirma los peores temores de las autoridades locales y supone la estocada final al sector del automóvil en Australia, después de los cierres anunciados el pasado año por Ford y General Motors.

Toyota, que comenzó a fabricar coches en Australia en 1963, cuenta con 2.500 empleados en el país aussie. "Hicimos todo lo que pudimos para transformar nuestro negocio, pero la realidad es que hay demasiados factores que escapan a nuestro control que hacen inviable la producción de coches en Australia", se lamentó el presidente de Toyota Australia, Max Yasuda, antes de apuntar que las operaciones han seguido generando pérdidas a pesar de los grandes esfuerzos.

Indicar, pese a ello, que la compañía japonesa es el mayor exportador automoción de Australia, con alrededor del 73% del total de 101.424 vehículos producidos en 2012 al extranjero.

La marcha de Toyota marca el final de una industria automovilística australiana que tiene sus raíces en 1901, como consecuencia de una caída en los aranceles comerciales, la reducida economía de escala de las plantas locales y la creciente fortaleza del dólar australiano, que ha subido casi un 50% frente al estadounidense entre 2009 y 2012.

Por otro lado, Ford ya anunció en mayo que dejaría el país en octubre de 2016, mientras que la filial de General Motors en Australia programó su salida para diciembre de 2017, cierres que "ponen nuestras operaciones de fabricación y la red de proveedores locales bajo una presión sin precedentes", advirtió Yasuda el pasado 12 de diciembre.