“El ritmo del automóvil moderno ofrece una sensación especial a la que nadie puede resistirse y que ningún automovilista desea voluntariamente dejar”. Con estas palabras, el jefe de publicidad de Bosch, Fritz Seitz, describía, en enero de 1927, un nuevo desarrollo de Bosch: el servofreno para camiones, al que seguiría un año más tarde el servofreno para turismos.

El riesgo de la alta velocidad en aquellos días era obvio. Había que buscar la forma de reducir rápidamente las altas velocidades y esta necesidad evidenció un reto que se le presentaba a la incipiente industria del automóvil. Los coches eran cada vez más potentes y rápidos, pero sus frenos no evolucionaban al ritmo de la potencia del motor. La respuesta de Bosch a este problema fue el “servofreno Bosch-Dewandre”. Este dispositivo, patentado por el ingeniero belga Albert Dewandre, utilizaba el vacío creado en el colector de admisión de aire del motor cuando el conductor levantaba el pie del acelerador.

En los años 20, los automóviles ya alcanzaban los 80 km/h, aunque los frenos apenas estaban a la altura de esas prestaciones. Bosch asumió el reto de buscar una solución a esta peligrosa situación y, en 1927, lanzó al mercado el primer servofreno para vehículos comerciales que conseguiría reducir la distancia de frenada en un 35%. El sistema aprovechaba la presión negativa que se producía en el colector de admisión del motor al levantar el pie del acelerador, para reforzar el efecto de frenada. Un año más tarde, se lanzaría el “Bosch Bremshelf”, un equipo de frenado más compacto y ligero, y que había sido diseñado específicamente para su montaje en un automóvil. En las siguientes décadas, Bosch expandió sus actividades hacia todo lo relacionado con el freno.

No fue hasta la introducción del servofreno cuando la potencia total de frenada en las cuatro ruedas pudo realizarse mediante una presión moderada sobre el pedal. El servofreno aprovechaba así todo el potencial de frenada sobre las cuatro ruedas, liberando así al conductor de un duro trabajo físico que a veces podía llegar a ser peligrosamente deficiente en situaciones críticas. En el caso de los turismos, el efecto del frenado normal correspondía a un aumento de la presión del pedal de unos 30 kilogramos, más de un tercio del peso corporal medio disponible para el frenado.

Además de una mayor comodidad y seguridad, el servofreno ofrecía ventajas económicas que Bosch enfatizó incluso en las primeras descripciones del producto: un folleto de 1928 ya remarcaba que el rápido transporte de mercancías en relación con la competencia exigía altas velocidades que, sin embargo, sólo podían justificarse si se garantizaba una frenada eficaz. El hecho de que el servofreno no causara costes adicionales de funcionamiento, como un consumo de combustible adicional, lo convirtió rápidamente en una opción aún más interesante para el sector del transporte.

El diseño del sistema de Dewandre estaba bien pensado, pero su comercialización sólo fue posible gracias a Bosch. Se trata de un ejemplo característico mediante el cual la compañía alemana introduce innovaciones en la industria del automóvil que, aunque conocidas en su eficacia teórica para su uso en vehículos de motor, sólo podían realizarse en la práctica si se fabricaban en grandes cantidades. La formulación, en forma de patente, estaba muy a menudo lejos de su realización y consiguió convertir el servofreno en un producto comercializable listo para su producción en masa.

Actualmente, Bosch es líder de mercado en sistemas de frenado para cuatro y dos ruedas como el sistema antibloqueo de frenos ABS, el Programa Electrónico de Estabilidad, ESP, o el Control de Estabilidad para Motocicletas, MSC. Bosch es el único fabricante que ofrece una gama completa de frenos para el mercado de recambios: fricción, hidráulica y electrónica.