Uno de los eventos estrella del Congreso de Faconauto, la mesa redonda de CEOs de fabricantes, puso de relieve las profundas diferencias existentes entre las marcas y sus redes de concesionarios, pero también entre los anhelos de estos últimos y un futuro previsible cuando menos radicalmente distinto al que conocemos.

La tarde de la festividad de San Valentín, en el magnífico marco del Auditorio Norte del Ifema, sirvió para recordar los estragos de la crisis, aún inconclusa, y la asimetría del sacrificio pagado por marcas y concesionarios; el envejecimiento del parque automovilístico y la necesidad imperiosa de una reedición del PIVE que no parece contemplarse desde la debilidad del actual Gobierno de España; la ‘presión' de los fabricantes sobre los concesionarios y el consiguiente exceso de automatriculaciones en el cierre del ejercicio pasado, abocando a muchos concesionarios a una difícil gestión de stocks; y, en fin, el deja vu que cada año produce la reiteración del discurso -nunca del todo ‘interiorizado'-, sobre la fortaleza de los lazos que unen a fabricantes y concesionarios.

Sin embargo y a pesar de que los representantes de la fabricación pusieron sobre la mesa cifras que apuntan hacia una significativa mejora del mercado, la incertidumbre planeaba sobre el millar de profesionales asistentes al cónclave. Incertidumbre no solo en el corto plazo sobre la solidez de la recuperación, a merced de los gélidos vientos de proteccionismo (léase Brexit, Trump, Le Pen…) que han empezado a soplar en América y Europa, sino también en el medio plazo sobre el propio futuro de la automoción.

De hecho, los participantes coincidieron en que nos hallamos en una coyuntura disruptiva. Da la impresión de que, ante la falta de certezas, la industria intenta jugar a todos los números de la ruleta, para asegurar al menos un premio al final de la partida. De ahí las inversiones en tecnologías, empresas y modelos de negocio en muchos casos totalmente ajenos a la ‘tradición' automovilística. Como alguien tuiteó acertadamente: “es duro escuchar a un fabricante decir que el futuro de su empresa es convertirse en un proveedor de servicios”.

Lo que quedó claro en el cónclave de la distribución española de automóviles es que no hay nada claro: ni el modelo de propiedad del automóvil que prevalecerá dentro de tan solo diez años; ni si los eléctricos tendrán el empujón que necesitan en infraestructuras públicas; y mucho menos si el vehículo autónomo triunfará tan rápido como la tecnología ya permite, ahogado en un mar de controversias legales sobre la responsabilidad del conductor, su privacidad o la propiedad de los datos generados, entre otros ‘palos en las ruedas'.

Por tanto, el brindis ciertamente amargo que podría resumir el coloquio es que, pase lo que pase, la industria siempre necesitará de los concesionarios, aunque quizá no existan ‘físicamente' y solo sean entes virtuales, o incluso ni siquiera se dediquen a vender coches. Veremos.