Hubo un tiempo en que los suelos de las cabinas de los talleres de chapa y pintura no eran de acero para dejar pasar el aire, con modernos filtros. Eran de cemento, y sobre ellos -en grietas y cavidades- se iba acumulando, coche a coche, pintado a pintado, distintas capas de color. Pues bien, algunos avezados empresarios estadounidenses han convertido todas esas capas en piedras preciosas. La joya se llama Fordita, también conocida como ágata del motor o ágata de Detroit.

Según sus responsables, las capas de pintura acumuladas, además, se han ido endureciendo por el propio secado de los hornos de pintura, algunas de ellas -las más profundas- más de 100 veces, lo que permite tallarlas con relativa facilidad, a la par que ser lo bastante duro como para ser un material de joyería.
Además, la fordita es el resultado de un proceso de pintado que ya no se utiliza, con las modernas cabinas y con pinturas con mayor poder de cubrición y secado más rápido, por lo que se prevé que su precio sea cada vez mayor con el paso del tiempo. Porque, como buena piedra preciosa, es hermosa, poco común y cada vez más valiosa.